SECRETO

Lo mira el niño y al instante siguiente mira el suelo, azorado por la poderosa regañina del hombre frente a él. “Ya basta” dice con una firmeza solida, sin fisuras por las que enredar un chiste o una sonrisa que suavice … “¿Se cree que soy un banco, un mulo …?” Ojos relucientes como la hoja de un cuchillo. “Me duele la espalda, ya se lo he dicho mil veces. ¡No vuelva a pedirme que lo cargue a la pela! ¿Es que no sabe pensar nada más que en usted?” Prolongado silencio sobre su cabeza, hombrecillo menudo esperando el juicio con el cogote agachado y los vellos de la nunca erizados … “Ande, váyase a jugar con sus hermanos y tenga más consideración la próxima vez”.

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El niño se marcha, aún su culpabilidad tirando hacia los pies de su cabeza, y el hombre se sienta junto a la mujer del cabello rojo y el traje azul que hace como si no viera ni escuchara pero escucha y ve a pesar del perpetuo interés que presta al sandwich de pavo en su merendero de aluminio. El hombre acerca la cabeza hacia la cabeza de ella, inequívoco signo internacional de confidencia, y dice: “¿Me guardaría un secreto con su vida?” La mujer lo mira entre divertida y asustada, pero un movimiento involuntario del pabellón auricular izquierdo indica en clamor lo que sus ojos tratan de ocultar: desea saber. El hombre se acerca aún más, como si fuera a susurrarle en el oído, pero guarda una distancia que proclama victoriosos protocolos. “En realidad no me duele la espalda” La mujer lo mira directamente a los ojos, sorprendida. “Y me encanta cargarlos a todos … Pero, imagínese”, dice él, “si no les hiciera creer que me cuesta tanto criarlos, ¿Cómo iba a convencerlos de que lo que hago es importante? Antes nunca les decía nada y ni cuenta se daban de todo lo que hacía por ellos, pero desde que estamos todo el día  a la bronca, se creen que soy un santo” Una pausa que concluye con un guiño del ojo más alejado de ella sirve para poner fin a la confesión. El hombre toma su gorra, la desdobla y se la incrusta en la calva cabeza. Llama a sus muchachitos como un general llama a sus tropas y se marcha después de despedirse con un simpático gesto de cabeza.

Ella se queda pensativa. Al cabo llega su hija, pelirroja como ella, corriendo. “Mami, mami, tengo hambre” Duda. Abre la boca, la cierra. Duda otra vez. Finalmente dice: “¿Es que no puedes pensar nada más que en ti, Julia? ¡Yo también tengo hambre!” Julia se ruboriza … “Pero bueno, toma tontita, tu mamá puede esperar a llegar a casa …” Julia duda un momento, pero la sonrisa franca de su madre la convence y toma el sandwich que ella le tiende. Luego se marcha tan corriendo como vino. Su madre sonríe. “En realidad”, piensa, “sí que tengo un poco de hambre, ahora que lo he mencionado” …

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